viernes, 27 de abril de 2012

Mi Copenhague querido, cuando yo te vuelva a ver

Oh when I look back now
That summer seemed to last forever
And if I had the choice
Yeah, I'd always want to be there
Those were the best days of my life
(Summer of '69-Bryan Adams).

Homero salta, corretea de aquí para allá, sonríe, está feliz. Está en la tierra del chocolate. Se despierta y está frente a sus jefes alemanes. Gabriel sonríe, siempre sonríe, salta de aquí para allá, camina, recorre, saca fotos. Está en su paraíso. Se despierta. Está en Copenhague. Sí, se despierta también en el paraíso. Último día.
Ya que el centro del Edén quedó más que visitado, es hora de recorrer los suburbios celestiales.
Primero el norte. Esa zona, conocida como østerbro (me encanta poner ø), es un barrio residencial alejado del centro comercial de la ciudad. Es una zona de casas bajas, parques y en la que se emplaza el estadio de la ciudad: el østerbro stadium. Hacia allí nos dirijimos y llegamos tras caminar más de veinticinco cuadras y que, en el medio, un danés me hable en su lengua para pedirme un cigarrillo. Lo siento campeón, no soy de acá. Pero gracias por pensar que podría serlo. La cancha es pequeña y, aprovechando otra puerta abierta, aprovecho para acceder una vez más en su interior.
Cuando llega el mediodía es hora de ir a almorzar. Siendo el último día quiero hacer algo tradicionalmente danés. Ya tengo el dato: smørebøod: se trata de una pequeña ración de una determinada comida, servida sobre una rodaja de pan y con salsas y vegetales. La moza me dice que si quiero hacer algo tradicional puedo también tomar un shot de aquavit después de la comida. Tras comer bien pruebo la sugerencia de la moza. ¿Quién está haciéndo un asado en mi pecho? Por suerte tengo una botella de agua en la mochila para apagar el incendio.
Con el estómago lleno me dirijo al barrio de Nørrebro, que es un barrio de trabajadores y cuenta con la mayor cantidad de inmigrantes. Es otra postal del paraíso. Sin grandes estatuas ni palacios, mas con negocios y viviendas. Es un barrio humilde. Con humildad a la danesa, claro está.
Cuando llegué a Copenhague hace cuatro días sabía que Peter Schmmeichel era un arquerazo, que los hermanos Laudrup jugaban bárbaro y que era un país caro. Ahora sé que la ciudad es hermosa, que tiene una historia y una mitología increíbles, que la gente es amable, que rige el hygga (ese es el concepto que no recordaba el otro día y que representa el espíritu de los daneses) y que es una ciudad cara. Sí, es cara. Pero vale muchísimo la pena.

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