viernes, 20 de abril de 2012

Sabías que este día llegaría

Todo concluye al fin,
nada puede escapar
todo tiene un final
todo termina
(Presente-Vox Dei).




Ahí estábamos. Ocho ocho compañeros de curso, mirándonos las caras en el patio del instituto, atrás había quedado la última clase y atrás habían quedado también veinticinco días berlineses. Dos árabes, un ruso, un español, un canadiense, un italiano, un coreano y un argentino. ¿Qué decirnos? ¿Qué prometernos? ¿Que no se corte? ¿Nos vemos después? Era el final. La despedida, ese dolor dulce (made in Solari). Un saludo, un hasta luego, un hasta siempre.
Uno se acostumbra a las personas y a los lugares. ¡Vaya si lo hace! Esa aula por un mes se había hecho parte de mi rutina. El segundo lugar en el que más horas pasé en Berlín. Esas personas habían sido mi mayor contacto humano en cuatro semanas. Y allí estábamos. Sin lágrimas, sin palabras, sin dramatismo, cada uno tomó una dirección distinta. Si el destino una vez nos cruzó a todos en un mismo lugar, ¿lo volverá a hacer en otro?
Unas horas antes había comenzado mi último día en esta ciudad, la mitad del viaje, tal como marcaba el calendario. A enfrentar el examen oral, la última batalla. La persona que el destino decidió que rindiera conmigo venía de Hungría. En la antesala, con mucha gentileza, sus amigas me regalan una galletita ucraniana con un indescifrable mensaje. "Nunca aceptes golosinas de extraños", hubiera dicho cualquier madre preocupada y consciente. La pruebo mientras escribo estas líneas. No me quedé ciego. Es dulce. Tiene buen sabor. Me agarran unas repentinas y extrañas ganas de construir un muro en Berlín. Да здравствует Советский Союз.
El efecto pasa, por suerte no es duradero. De vuelta a la normalidad. En fin, como venía diciendo. Allí me encontraba con la húngara, que se llamaba Viktoria (creo que conozco a alguien importante con ese nombre, es una señal). Quince minutos más tarde salimos del aula. La evaluación terminó. Toda la tensión se evapora. A disfrutar de mis últimas horas en la ciudad. Ah no, hay que armar la valija. Para los que recuerden el Tetris, armar esa valija es algo similar cuando el juego ya está en el nivel 18 y los huecos aparecen por todos lados.
El día va llegando a su fin. Quedan espacio únicamente para llevarme las últimas imágenes de la capital alemana. Mañana arranca otra historia. Auf wiedersehen!


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